domingo, 29 de septiembre de 2013

Qué poco me gustan las noches de Domingo. Es como si mi cuerpo las odiara más aún que mi mente. Y mira, para ser sincera, las canciones con piano no ayudan nada, pero me gusta escucharlas. Igual que me gusta el sonido de la lluvia. O el olor a libro nuevo. O las tiendas de música. O lo que queda de lo que éramos antes. Aunque supongo que eso ya no es nada. Y me duele con cada espejo al que me miro. Me han salido más ojeras. Y no, no estoy más guapa. Al contrario. Estoy peor, aunque pocos se atrevan a decirme 'sí, tienes razón'. Hay cosas que son evidentes, como que ibas a marcharte, aunque lo de que no ibas a volver no me lo esperaba. Tonta. Tonta fui. Y tonta soy ahora, pero qué se le va a hacer. Supongo que no te puedes enganchar de alguien como si fuera un cigarrillo, ¿no? Porque luego esos vicios no hay quien se los quite, y si de repente, por ejemplo, desaparecieran todos los cigarrillos del mundo, créeme que más de uno se volvería loco. Así como me volví loca yo sin ti. Más aún de lo que lo estaba contigo. Pero supongo que a parte de gustarme el sonido de la lluvia, el olor a libro nuevo, y las tiendas de música, me gustaba verte aparecer cada día con una sonrisa en la cara y con un abrazo enorme al ritmo de un '¡buenos días pequeña!'. 'No te acostumbres a mí', me tendrías que haber dicho. Eso, o no haberte ido, una lástima que la que eligió no fuera yo...